lunes, 14 de marzo de 2016

Anarquía prosaica

Quiero pedir disculpas por haber dejado este blog tanto tiempo al desactivo, pero en mi defensa debo argumentar que no me he sentido tan cómoda escribiendo en mi propio blog. Siento que hasta mi propio blog no es lugar para mí. Así que, no sé cual será la próxima vez que redacte en éste. 
No sé como va a transcurrir esta entrada, ni siquiera tengo nada esquematizado en la cabeza, sólo aglomeraciones sin sentido que desembocan en lamento, y, tristeza. Sé que mañana haré lo posible para disipar, diluir el sentimiento, pero a su vez también sé que las ganas son efímeras y que a veces luchar contra lo innombrable, irreconocible se vuelve complicado. 
Tristeza como componente esencial de la búsqueda a uno mismo, si hay que darle cualquier tipo de enfoque positivo, prefiero que sea este antes que cualquier otro.
Agh, qué difícil es escribir sintiendo que cualquier palabra no tiene resolución y constituyen un cúmulo de disonancias. 
Qué difícil escribir cuando no te sientes a gusto haciéndolo.
La tristeza brinda la oportunidad de ofrecerte resistencia y saber entrenarla, poder hacerte fuerte mentalmente. Yo me he cansado ya de intentar entrenarla, y voy a hacer lo que desde hace mucho tiempo se me ha dado de puta madre hacer: ser una absoluta vaga. 
No apetece buscar sentido cuando el sentido es relativo. 
Acabo de perder el tiempo escribiéndome y leyéndome.
Acabo de perder el tiempo mirando a la pared pensando en lo que soy y todavía no soy.
Acabo de perder el tiempo pensando en lo tanto que hay que hacer y lo poco que hago.
Acabo de perder el tiempo existiendo. 
Y no es triste, es la realidad más absoluta que puedo comentar. 
Bueno, el tiempo... tiempo, ¿abstracción humana que se sostiene por ella misma? ¿convención? ¿es tangible el tiempo? 
Pues eso, que hoy estoy triste, posiblemente también mañana lo esté, pero está bien. Estar triste no está mal. Mal está pensar que por la imposición de la sociedad la felicidad es el camino a seguir.

No sé que acabo de escribir.