domingo, 24 de abril de 2016

Lléname de color...

El cielo se tornó gris ausentando sus innegables rayos de luz que no han vuelto a teñir ese lienzo. Ese lienzo se volvió unicolor. Ese lienzo es inservible. El pigmento quedó impregnado siendo intolerante de cualquier otra sustancia que no concordara con su gama acromática de color (y, joder, tenía cajas enteras llenas de pintura), siendo así el mismo. Yo, siendo consciente de lo que llegó a ser ese cuadro para mí, en el intento más desesperado de la vuelta a mi zona de confort, arañaba ese cuadro con precaución, siempre para que la capa más superficial quedara exterminada y que de nuevo se viera la interior. Después de tanta cautela, mis uñas quedaron arrancadas. Ni siquiera podía entablar contacto con el cuadro, mis yemas también quedaban llenas de dolor, de quemaduras a causa de la fricción. Colgué el cuadro. Cada maldito instante volvía a mirarlo con la rabia inundando mis ojos, fluyendo por mis mejillas, desembocando en el suelo y desapareciendo, mis esperanzas se esparcían por toda la sala, hasta que sus moléculas estaban tan dispersas que era imposible encontrar la más mínima.

   "Yo o el cuadro..." me susurraba ténuemente mi subconsciente.

Mi cama se convirtió en ese puzzle sin completar, no me quedaban fuerzas, pero me aferré a la almohada, y lloré. Lloré mucho, recitando la promesa que ella misma sabía que iba a refutar cuando el cielo escampara, se lo dije mil veces:

   "Ni una vez más... ni una vez más me van a robar el color."

Pero a la mañana siguiente, el cuadro no estaba. Porque no era la mañana siguiente, era un día cualquiera detrás de muchos anteriores días cualquiera. Y, claro, lo mejor de todo es que al mirar la pared se podía observar que la función del cuadro era tapar ese agujero al que nosotros catalogamos ventana, con sus enormes claras cortinas. Abrir esa ventana y oxigenar la habitación. Y de nuevo se iluminó. Me di cuenta que detrás de esa ventana residían unas vistas preciosas, y que, había alguien pintando un cuadro. Habían colores, no vislumbraba ningún tipo de escala acromática, pero, esa persona estaba muy lejana a mí. Era incapaz de ser la inspiración que volcara en cada cuadro, era incapaz, pero, yo quería serlo. Me quedé observando al habilidoso pintor que trazaba tiernamente esos trazos dibujando amaneceres, atardeceres... cada mañana lo hacía, durante años, hasta que se quedó sin pintura. Desesperado, miraba su último cuadro, encajando su rabia entre sus dedos para finalmente empuñar contra él. Salí inmediatamente de las estúpidas cuatro paredes creadas por mí, dejándolas caer sin pensarlo dos veces, me acerqué, y ni me presenté.

   Quédate con esta pintura. A mí nunca me ha funcionado, sólo espero que contigo funcione.

Y de nuevo dominó su pincel, impregnándolo de tinte, sonriéndome. Sus manos eran capaces de pintar hasta las más densas nubes que yo deseaba que se esfumaran de mi vida, pero, era ese tipo de densidad la que yo quería que embadurnara mi cuerpo, y por primera vez, me percaté de que era igual que yo. No sabía por qué, pero era igual que yo. Observándole cada día desde lejos, contemplándole ahora desde cerca buscaba un lienzo donde despejar sus más acromáticos pensamientos.

   Yo también te he observado. y, lo siento. Mi trabajo se ha prolongado más de lo que esperaba, pero, deseaba buscar una excusa para volverte a observar, esta vez de cerca.

Mi sonrisa contagió a la suya, y, sin recursos de pigmentación, me volví de color, y sé con suma certeza que el color no se exiliará de mí ni aunque mil botes de éste se consuman.

Inmediatamente de esto, me conciencié de que el arte no se crea con pincel, nuestra unión se reforzaba al hilar sus dedos entre los míos, que sus yemas volvían a reconstruir las mías, mis uñas sanaban mientras que se clavaban en su espalda, cuando el caos aparecía deshaciendo el medio puzzle que tenía resuelto en mi cama, que sus besos proporcionaban su mejor obra sobre mi espalda, o al menos me encantaba que él lo confirmara.

Que el color se crea si alguien más lo observa.

Y no quiero que dejes de observar.

martes, 5 de abril de 2016

¿Vacaciones?

No sé que va a salir de esta entrada (como últimamente me pasa) pero hoy francamente me siento fatal.
Hace un par de meses me ocurrió lo que me ocurre ahora, y creo que ya sé por qué. Las breves vacaciones ocupadas en autoestresarme, me mantienen en un estado de constante ansiedad que se presenta manifestándose en forma de mareos y una nube que mantiene a mi mente aislada de cualquier rayo de luz, es decir, completamente oscura, pero más bien lo contrario: tengo la mente en blanco. Mi concentración está disuelta entre mis dudas, entre no saber qué ocurre en mí y tener que admitir que ahora mismo está algo mal en mí. El problema de todo esto, es que el agobio es real, el tiempo se estampa en mi cara recordándome que no puedo ver ya más nada y que es tarde para alzar tu mano para quitarte lo que te atosiga de tu mente.

   Ah, ponte a estudiar y ya está, concéntrate y a estudiar.

   Pero no puedo...

   Déjate de tonterías y empéñate en ello

   [...]

Sé que mi mayor error reside en que, durante el curso me he puesto tantas excusas que al final las he creído, he terminado por dejarlo todo para lo último y, finalmente bloquearme y pasar por ver que no me daba tiempo (e ir tirando por mis sobras), y ahora bien, llegar a vacaciones y tener que hacer todo lo que me he dejado para el final. Mal, fatal.

               1. He subestimado el poder del tiempo.

               2. He considerado que a largo plazo mi concentración y motivación iba a aumentar progresivamente.


               3. He obviado problemas terceros.


He ido alargando esta instancia de pocas ganas de hacer nada como si el tiempo fuera ayudar y no presionándome para que cambiara, como debía de ser, por mi cuenta. Pero ha ocurrido todo lo contrario, todo va gradualmente pero de golpe y el constante dolor de cabeza agrede a mis ideas, inunda a mi autoestima y ya no me veo capaz de encontrarme. 

Es difícil quedarse plantada delante de un libro una hora y esperar a que en la siguiente comience mi inspiración. Los esquemas brillan por ser mediocres y no hay método adoptable. 

Pero cada día intento superarme, pasar esta racha y comenzar con otra. Al fin y al cabo, la vida se divide en rachas y etapas de transición, y creo que me estaciono en una, pero desde luego que hago lo posible para florecer en otra.