El frío me araña, por no decir que ya no siento nada. Las ganas se deshacen como los copos resultantes de una ventisca al impactar contra el duro suelo.
Bueno, antes al menos pasaba.
Mi cuerpo se acostumbró a estar expuesto a menos temperatura del que le es necesario, el dolor que se le atribuía a esto, era cortante, constante y colapsante: así acabó mi sistema nervioso, deshecho tras sufrir el tambaleo de hallarse en una hipotermia incesante. Hasta que la sufrió.
Ya no respondía a cualquier tipo de amenaza, todas entraban sin ser canalizadas por ningún mecanismo de defensa. Daba igual. Podían atacar, yo ya me daba por muerta.
No había frío. No había dolor. ¿Quedaba algo más que ejercer la función de piedra? ¿Estar limitada por la función que ejerce la realidad exterior ante mí, coaccionando mi idílica libertad?
Tiraban de mí porque todo me parecía correcto, o ni tan siquiera me parecía, eso les daba libertad de hacer lo que querían, pero, ¿y si tenía juicio sobre lo que yo deseaba? ¿y si mi opinión ha sido tantos años pisoteada hasta que el frío me envolvió?
En efecto, me costó años saber que estaba envuelta de capas y capas de dolor e indiferencia para poder liberarme de todas ellas, hasta que exclamé mi primera opinión, dejando ver claramente que era igual de válida que todas.
Pero de nuevo la libertad me oprimió. Me percaté de que era una mente exprimida en un cuerpo consumido de diecisiete años al que nunca se le enseñó a volar. Porque no habían recursos para hacerlo. Y tampoco conocía muy bien el concepto de libertad, sólo el recurso más típico adolescente de hacer lo que quiera cuando quiera y como pueda, sin dar explicaciones ni justificaciones.
Será que la libertad no está hecha para la gente que vive a presión, cuyos movimientos te hacen ser consciente de las consecuencias siguientes que van a traer, de las broncas incesantes por no ser lo que los demás pretenden que sea. Porque me han idealizado y quizá su verdad no diste de la realidad. Pero yo soy un desastre, y arrastro conmigo todas las idealizaciones posibles, por consecuente, no soy nada de las idealizaciones propuestas anteriormente.
Dejadme ser, me conoceréis. Vivo atada a la presión de no realizar nada que desencadene mi propio caos. Vivo sumisa a las constantes decepciones que espero tras ejercer movimiento. Vivo atada a la inexistente libertad que me ofrecen algunas personas, y sólo pido que usen la llave para deshacerme del candado que une a todas mis putas cadenas.