Algo,
en mí
se sigue pudriendo por dentro.
No sé si será el recuerdo
o el desbarajuste de jugadas
que llevo perdidas
y tan pocas ganadas...
No sé si será la ausencia
del olor
que tanto apreciaba y que
poco a poco los sentidos
han acostumbrado a no sentir.
Pero ahora huelo.
Huelo a lóbrego.
Huelo al olor del muerto en putrefacción durante hace meses expuesto al sol cuando no debería de estarlo. Huelo a la hedor del muerto que descompuesto el suelo acoge. Y mis manos abrazan al cuerpo para reencarnarlo (¡como tantas veces dijiste que mis manos hacían!), llenarlo en vida. Que las flores mezan a lo que un día yo sólo olía.
Pero,
estoy cansada de clavarlas en tus ojos y que en tu lápida no estés con ellas, nunca me agradeciste la ofrenda.
Nunca me agradeciste emplear mi tiempo en plantarlas con abono derramado por mi propia putrefacción en ese campo donde reina el dolor.
Qué me ibas a agradecer, si la tristeza no es notada por aquellos que no riegan. Qué me ibas a agradecer, si todas mis flores fueron pisadas por el camino que tú misma andabas y jamás conseguiste vislumbrarlas
(siempre por detrás, siempre por detrás)
Qué me vas a agradecer.
Si el único cuerpo al que entierro es el mío, que, cubierto de mis rosas, van clavándose hasta hacer presión para que, el suelo sea inherente a mi piel y lo único que logre ver sea éste.
Hace mucho que soy esclava de este dolor, este dolor que no permito gesticular.
¿Cuánto tiempo más te vas a quedar? Estoy incómoda con tu presencia, vete si no me vas a hablar.
O si no me vas a besar.
Te estás pasando. ¿Por qué te empeñas en dejar la puerta abierta cuando te quieres ir? ¿Por qué nunca me haces caso y cierras al salir? Te he dicho que no puedo dormir con la puerta abierta.
O que no puedo dormir, si no desconecto, y hace mucho que no me ha pasado.
Por qué me llamas a las 4:00 si luego cuando contesto no estás.
No entiendo cómo no puedes ver que la luz ya no es azul, sino que es negra porque así te lo dije la primera vez, y así se ha quedado en el ambiente porque no estás tú para filtrarla.
Me duele, y el dolor se ha quedado en mi cuerpo, desde el día que me obligué a inyectarlo. Se reproducieron las células, y, una a una, fueron formando tu ausencia. Me escuece.
A veces pienso que el único tratamiento es inyectarme oxígeno, pero pienso que todavía seguirás en mi cuerpo, que tus yemas se han quedado en él y tu esencia también, y, cuando lo pienso, me obligo a dejar de pensar, pero es ahí cuando no puedo. Cuando me doy cuenta de que, si hago cosas, el dolor al final será gesticulado, y, al fin y al cabo, todos guardamos secretos, y yo hoy guardaré que sigues en mi habitación y no se lo diré a nadie.
Aunque quede escrito aquí.
¿Cuántas lágrimas deben de ser derramadas y acumuladas para la entrega de ellas?
¿Cuánta impotencia, estrés, agonía debe de ser encajonado para ser mostrado?
¿Sirve algo de esto?
...cuándo será el músico bien tratado.
Viernes, 10 de Febrero de 2017
Entro al conservatorio, observo la cara de felicidad de mis compañeros al hablar con la directiva, y, pienso que no se podría tratar de otra cosa: al fin, el bachiller musical se ha vuelto a implantar. Al tratar de integrarme en la conversación soy rápidamente aceptada por las caras de felicidad y me aprueban de que ese dato es verídico, a excepción de que su nombre ha sido cambiado por otro,(seguramente es cutrísimo), pero el nombre no me importa, lo importante es que vuelve a estar vigente. Dios, Dios, Dios. ¡Voy a quitarme 5 asignaturas de golpe y voy a tener tiempo para estudiar para la prueba de dirección! Eso sí, siempre pensando que este agobio nos lo podrían haber ahorrado a todos los músicos integrantes de un segundo de bachiller que. a su vez, cursan el último curso de grado medio, desde un principio, pero bueno, no tiene tanta importancia, al fin y al cabo, está.
Martes, 14 de Febrero de 2017
Entro al conservatorio, observo la cara de preocupación de algunos de mis compañeros. Me fijo en las personas que cuyo caso se semeja al mío. No, algo no va bien. No quiero preguntar, sé qué me van a decir. Llevo una semana planeando cómo iban a ser mis días a partir del viernes. No quiero.
Pregunto. "Alba, que nos han jodido, que si haces el bachillerato musical estás exento de hacer PAU... pero exento del todo, porque no te dejan hacerla". Silencio en medio del estruendo formado por los instrumentos. Se me caen los planes encima, van acorde con la cara que lleva ella, y, entre lágrimas, maldice al sistema que nos deja ausentes de formar parte del sistema.
Mierda.
Paso de ir a composición. No tengo ganas, total, no voy a entrar en dirección este año y tampoco voy a aprender nada nuevo.
El problema de hacer una carrera como Dirección de Orquesta o Composición es que, desde un conservatorio no estás preparado, ya que, sólo te dirigen a ser intérprete. Y el tiempo se escurre como agua entre mis manos. Estoy cansada de todo esto.
El problema son las expectativas que te creas, me voy a quedar con 5 asignaturas y este año podré entrar perfectamente en dirección, pero no, qué cojones, este año me quedo fuera de la carrera de mis sueños, y claro, siempre tienes que recurrir a los segundos planes, pero en fin, de esto ya hablaré luego.
Estoy harta de que al músico se le trate como la primera mierda en España (hablo del músico al igual que puedo hablar del arte). ¿En serio es necesario cursar bachiller cuando en este no te enseñan nada sobre a lo que te quieres dedicar? Vale. Puedes decirme que es cultura general, aprendes a redactar, a no cometer faltas ortográficas, a pensar, o varios argumentos que te puedo rebatir con una sola respuesta: ¿eso no lo puedo hacer de forma autodidacta? He aprendido más por mi propia cuenta que en dos años, casi, de bachillerato. No entiendo por qué no nos dejan libertad para elegir si continuar con bachiller o la música. Llevo 10 años formándome en esta carrera, posiblemente, una de las más longevas del mundo, y todavía, el gobierno liderado por incompetentes, me coarta para no hacer lo que me gusta. ¿Os estáis dando cuenta que yo (y mis compañeros) por la tarde, diariamente tengo 5 horas? ¿No os dais cuenta de que por cada asignatura, mínimo hay que estudiar una hora? Regaladme tiempo, porque, aunque no duerma, ni coma, no llego. Pero es que, con todo esto, el único tiempo que tienes, sólo dan ganas de invertirlo durmiendo.
Me da rabia esta mierda de norma. Todavía dirán que de qué nos podemos quejar si queremos hacer música, que ahí está la ley que te lo permite. Claro, como el arte en España está tan bien visto y tenemos tanta seguridad de llevar nuestro futuro encaminado por esta rama que nos brinda la confianza suficiente para no poder fracasar nunca, pues hagámoslo, no tenemos por qué tener segundas opciones.
Harta.
¿Yo por qué debo servir sólo para la música? ¿Acaso con tu estúpida ley me estás coartando para no hacer nada más? ¿Por qué sólo puedo hacer eso?
Soy humana. Yo no tengo sólo un amigo. No tengo una comida favorita. No tengo un sólo color favorito. No tengo ningún compositor favorito. No tengo favoritos. ¿Sólo puedo elegir la música en mi vida?
¿Me tengo que arriesgar a hacer sólo una cosa a cambio de muchísimo sufrimiento tras esta elección?
Bah. Estoy cansada.
Pero, como bien he dicho, a mí no sólo me gusta una puta cosa, sino sería jodidamente aburrida. Sé que, al año que viene, no me van a coger en dirección, a causa de que, aunque sea un Mozart o no, no podré entrar por falta de preparación. Quiero hacer filosofía. Pero se me quitan las ganas de hacer nada al ser consciente de esta mierda de país. Puede considerarse una generalización absurda o por falta de madurez, pero estoy cansada, quiero darle importancia. Este mierda de país es una mierda de país liderado por un mierda de gobierno el cual sigue habiendo votantes que les respaldan.
Sólo quiero ser y no acostarme sabiendo que no puedo ser.
Agonía. Agonía. Agonía. ¿Cuántas veces más podré ser capaz de escribir esta palabra? No. No lo entiendes. La he escrito tres veces, sin embargo, no la he escrito.
Siento frío. Siento como soy todo aquello que se queda en el olvido, que, ¿cómo puedo sentir algo olvidado? Estoy escribiendo.
He escrito, y, mis dedos, con suma torpe agilidad se han postrado ante mi goma, y, como si la mina fuese insignificante, esas palabras nunca han sido escritas.
Necesito atención, socorro.
No, para, no necesito atención. Mi cabeza flota sostenida sobre una mano que ni siquiera la roza. Cómo, me pregunto, cómo. ¿Cómo no voy a estar sola si ni siquiera soy capaz de sentirme?
No puedo sentirme.
Sólo siento cercano todo aquello que es ajeno a mí, y es entonces cuando me pregunto, ¿entonces todo esto es mío?
Qué voy a poseer emociones, soy un ser carente de alma.
Yo, cuya cúspide egocéntrica radica en el pensamiento de ser completa posesión de los sentidos (o sentimientos). Yo, quien las lágrima agita hasta hacerlas desertar, hasta que siento que precipitan por el abismo que son ¿mis? ojos, y lo siento porque siento que ya no puedo más, según tengo entendido.
La oscuridad mantiene firme a este cuerpo inerte, hasta que, ya no se vislumbra ningún cuerpo y puedo ver cómo ambas se solapan: formándome.
Siento que no puedo sentir cuando estoy sintiendo mucho. Siento que este sentimiento se desborda y no es digno de su nominación.
Mi vida reside en unas cuerdas que ni siquiera son mías, qué cojones. Y me poseen. Me atan, muy pero que muy fuerte. Me hacen sangre hasta que me sueltan: yo, me veo las manos cubiertas de este denso líquido. Me hacen daño, quizá no esté sintiendo. Pero me vuelvo a sentar, las uñas se dirigen hacia las cuerdas pero pienso que es más lícito sumergirlas en mi pelo, o en mi cabeza, o en mi cuerpo. Al final opto por mi cabeza y con firmeza las bajo.
Araño toda mi cara (siento que no estoy sintiendo), mi pulgar, junto el dedo índice estiran de las heridas, y, una vez más abiertas, inserto cuantos dedos pueda en ellas. Inserto, inserto, inserto, todo mejor cuánto más adentro. Estoy chorreando de un líquido rojo, y me sorprende que pueda venir de mí, su color es demasiado claro para provenir de este cuerpo.
No, no lo entiendes, lo he escrito cuatro veces, sin embargo, no lo he escrito.
Yazco en mi cama tras un día en el que, las ganas de absolutamente todo, absolutamente están degradadas. Me refugio en mi cama esperando a ser consumida por el transcurso de los segundos. Una llamada me recuerda que no estoy sola, pero, la misma llamada sirve de recordatorio para exaltar la soledad que siento.
Yazco en mi cama tras un día en el que, las ganas de absolutamente todo, absolutamente están degradadas. Me refugio en la cama, dejándome llevar por la abrumante pesadez que mis párpados contienen. Cierro los ojos y veo con menos intensidad, hasta que todo está oscuro y es ahí cuando vislumbro la tenue luz sombría. Cuando vuelvo a abrir los ojos para refugiarme en la energía exterior que me rodea, las lágrimas caen, y, apresurada por el pánico de la precipitación, vuelvo a censurarme y no quiero abrir los ojos.
En el instante en el que la cama me absorbe, una mano me acoge y me recuerda que este no es mi hogar, aunque sí mi zona de confort. Mi mirada traza un recorrido ascendente, hasta toparme con sus brazos, los cuales esperan ser acogidos por mi contorno. Una mente estrépita, desgarra con imprudencia que aquí está su compañía. En ese momento, olvido del lugar del que procedo, hasta que recuerdo que de alguno procedo, sin embargo, ya no lo sé. Estoy rodeada por los brazos que durante tantos años me han otorgado suma ternura, sensibilidad, agrado, sentimientos, sensaciones. Cómo no querer encontrarlos durante esos días en el que el sol se esconde.
Me hablas, consigues lo que ni yo misma consigo, alejarme de mí misma. Me desvirtúas de mis defectos, ayudándome a tratarlos, sufriendo mi intolerancia hacia mí. Me soportas. Soportas que le dé mil vueltas a un argumento usando toda clase de hipérbaton posible para que no parezca que repito diez millones de veces lo mismo, y tú recurres a la misma táctica, y nunca te rindes. Siempre buscas la forma en la que las palabras resuenen de manera más armónica hasta poder hacerte caso, porque quieres lo mejor para mí.
Te ríes, de manera en que tus sonidos constituyen una escala melódica que al recordarla me hacen estar en un modo mayor, y sentirme feliz. ¿Te acuerdas de cuántas veces nos han dolido los mofletes? Pero hoy me falta ese sonido de fondo y en primer plano. Mi mente no logra descifrar cuáles son sus notas y construir la sinfonía que es tu risa, para contagiar a mi sonrisa.
Te echo de menos.
Te echo de menos cuando no estás.
Cuando bajo de la biblioteca, paso por al lado de tu casa y recuerdo que estás un poco lejos. Cuando recuerdo que no subir esos seis pisos producen mi más vaga alegría. Cuando recuerdo que cruzar el pasillo de mi casa, mis pisadas no resonarán secas como en el tuyo. Cuando paso corriendo por ellos porque, después de tanto tiempo, no sé localizar cada interruptor y te encuentro a ti delante, y acabo abrazándote, y, cuando el mismo procedimiento se reexpone cuando los pasillos son los de mi casa.
Te echo de menos en los días, sin más.
Como también lo hago en mis días felices, queriendo socorrer a ti para contagiarte esta felicidad, queriéndote hablar de lo bien que me siento y ver mi sonrisa reflejada en la tuya.
O para echarnos unas cervezas, hablando de cualquier tema aleatorio, que acabes encerrando la infinidad en una sola frase.
Y cuando yo no estoy. Cuando la impotencia me azota la cara innumerables veces hasta sentir rabia por mi ausencia. Porque una llamada o videollamada no tendrá el efecto de compartir nuestra energía. Me odio cuando yo no estoy.
Pero hoy te echo muchísimo de menos. Hoy sintetizo todos mis recuerdos hasta poder formar un recuerdo feliz, al que aferrarme mientras estoy tumbada en la cama de la que tantas veces me has tirado al suelo, o te has tumbado conmigo si oponía bastante resistencia. Hoy te recuerdo en la misma situación en la que resido ahora, pero con la diferencia de tú a mi lado y como mi estado sería bastante cambiado. Hoy no puedo sola.
Porque una llamada puede cambiarlo todo, o simplemente realzarlo todo.
Ha ocurrido por lo que tanto tiempo llevamos luchando: que esto no sea hogar, sino refugio. Bien pues, mis pulmones están encharcados de carencia de oxígeno. Mi cuerpo escondido tras las sábanas que recubren a mi hogar, y, por último, mi mente tratando de encontrar un refugio en nuestro recuerdo exaltado por la escritura, dos veces recordatorio.
Ya queda menos para verte y seguir, y seguir, y seguir siendo.
Te quiero muchísimo.
Miro. Miro hacia adentro y a cuanto más me indago, más trato de repelerme. Hay algo que no consigo traspasar, algo que va inherente a cualquier mente irracional que expone el máximo exponente de ésta: mis miedos. Son la primera capa que recubre mi torso, mi mente, mi contorno. Intento entrar en mí, pero no puedo. Me agarra con fuerza, me tapa la visión y no consigo observar tras ese algo que no deja que la luz sea filtrada por mis ojos. No hay colores. Solo hay huecos fijados por grandes focos negros. Pero a veces trato de pintarlo todo, y es ahí cuando me percato de que en realidad solo estoy siendo absorbida por la sombra que emerge de mi más profundo subconsciente. Intento buscar soluciones. No quiero. Ver más allá supone explorar territorio inexplorado. Yo no me conozco. Tengo miedo de hacerlo. ¿Tengo curiosidad?
Entonces, reflexiono sobre lo que me gusta, pero el leve susurro de mi subconsciente viene prolongándose formando eco resonante sobre las paredes que son mi mente, hasta ensordecerme. Procuro percatarme de que me quedan más sentidos, el único que necesito es la vista.
Me censuro. Censuro a mi órgano sensorial favorito. ¿Por qué?
...no lo necesito.
Mientras tanto sigo avanzando hacia la búsqueda de colores aún no descubiertos, pero me doy cuenta de que no sé ni qué estoy buscando. Y si no sé qué busco, qué quiero encontrar.
Ah, sí, me busco.
Vamos a ponernos un objetivo. Alba, estás en el último curso de bachiller y conservatorio. ¿A qué te quieres dedicar en tu vida?
¿Me gusta lo que creo que me gusta? ¿Estoy engañándome porque quiero ser producto de la sociedad, me veo coaccionada por este grupo? No lo creo. Pero, ¿qué se supone que debo creer? ¿Debo creer a un ser evocado a sus miedos?
Vale. Te gusta mirar lejos. Te gusta mirar de mucho más cerca. Análisis. Personas. Controlar las situaciones. Escuchar tu entorno.
¿Astronomía? ¿Bioquímica? ¿Psicología? ¿Dirección de Orquesta?
¿Algunas de ellas realmente te gustan?
Intento convencerme de que todas me gustan por igual. Pero sé cuales más me asustan.
La primera la descarto porque sé que mi mente es finita y jamás podría entender algo tan infinito.
Al redactar esto se me ocurren varias carreras más pero trato de obviarlas.
En cuanto a la segunda, es genial descubrir que cada persona es un universo conviviendo en múltiples.
Me encanta la psicología, pero mi paciencia es más finita que mi mente.
Y por último llego a la última opción, la que llevo puliendo 10 años pero no de manera directa. Tocar la guitarra durante este tiempo, las asignaturas que acarrea con ella, los múltiples instrumentos que he ido tocando han hecho que la música vaya más allá que a mis oídos, que vaya a mi mente produciéndose un análisis de ella. Sueño con montar el repertorio que yo quiera. Estudiarme las partituras que me hacen estremecer llegando a su estructura interna para todavía percatarme más de que son obras maravillosas. Llevar una orquesta a mis órdenes, trasladar mi sensibilidad sobre sus instrumentos e intentar representar las obras como los respectivos compositores hacen que me sienta. Pero tengo tantísimo miedo que silencio eso.
Veo más accesible el camino de bioquímica porque se trata de algo más racional (cosa a la que estoy más acostumbrada). Pero lo irracional me da miedo y me repele en última instancia. Tengo miedo de haber olvidado el ritmo más complejo que he aprendido durante años, miedo a que la armonía me falle y ser una inepta. Miedo a perderme leyendo entre tantos pentagramas y no ser capaz de hacer lo que tanto me gustaría hacer. Miedo a no estar a la altura de sobrepasar esa carrera porque diste mucho de mi capacidad.
Mientras tanto, en bioquímica y psicología no tengo miedo. Me encanta descubrir mundo a través de la bioquímica, pero, no sé ya diferenciar si me trato de convencer de que me gusta este mundo o si realmente me gusta y quiero disfrutar de ello toda la vida.
Pero lo que sí que tengo claro es que lo que más miedo me provoca, es de lo que no dudaría convivir toda mi vida con.
Ahora mismo no quiero, estoy súper asustada.
No quiero elegir todavía, me quedan meses.
No entiendo por qué tengo que elegir y no puedo hacer todo.
Bueno, sí.
No entiendo por qué me censuro tanto.
Bueno, sí.
Pero a veces no.
A veces me voy,
aunque no quiera irme.
A veces me quedo,
queriendo marchar.
El caso es que tratando con mi vida, no sé en qué situación se adecua a poder ser conjugada.