viernes, 28 de octubre de 2016

Te echo de menos

Yazco en mi cama tras un día en el que, las ganas de absolutamente todo, absolutamente están degradadas. Me refugio en mi cama esperando a ser consumida por el transcurso de los segundos. Una llamada me recuerda que no estoy sola, pero, la misma llamada sirve de recordatorio para exaltar la soledad que siento.
Yazco en mi cama tras un día en el que, las ganas de absolutamente todo, absolutamente están degradadas. Me refugio en la cama, dejándome llevar por la abrumante pesadez que mis párpados contienen. Cierro los ojos y veo con menos intensidad, hasta que todo está oscuro y es ahí cuando vislumbro la tenue luz sombría. Cuando vuelvo a abrir los ojos para refugiarme en la energía exterior que me rodea, las lágrimas caen, y, apresurada por el pánico de la precipitación, vuelvo a censurarme y no quiero abrir los ojos.
En el instante en el que la cama me absorbe, una mano me acoge y me recuerda que este no es mi hogar, aunque sí mi zona de confort. Mi mirada traza un recorrido ascendente, hasta toparme con sus brazos, los cuales esperan ser acogidos por mi contorno. Una mente estrépita, desgarra con imprudencia que aquí está su compañía. En ese momento, olvido del lugar del que procedo, hasta que recuerdo que de alguno procedo, sin embargo, ya no lo sé. Estoy rodeada por los brazos que durante tantos años me han otorgado suma ternura, sensibilidad, agrado, sentimientos, sensaciones. Cómo no querer encontrarlos durante esos días en el que el sol se esconde.
Me hablas, consigues lo que ni yo misma consigo, alejarme de mí misma. Me desvirtúas de mis defectos, ayudándome a tratarlos, sufriendo mi intolerancia hacia mí. Me soportas. Soportas que le dé mil vueltas a un argumento usando toda clase de hipérbaton posible para que no parezca que repito diez millones de veces lo mismo, y tú recurres a la misma táctica, y nunca te rindes. Siempre buscas la forma en la que las palabras resuenen de manera más armónica hasta poder hacerte caso, porque quieres lo mejor para mí.
Te ríes, de manera en que tus sonidos constituyen una escala melódica que al recordarla me hacen estar en un modo mayor, y sentirme feliz. ¿Te acuerdas de cuántas veces nos han dolido los mofletes? Pero hoy me falta ese sonido de fondo y en primer plano. Mi mente no logra descifrar cuáles son sus notas y construir la sinfonía que es tu risa, para contagiar a mi sonrisa.
Te echo de menos.
Te echo de menos cuando no estás.
Cuando bajo de la biblioteca, paso por al lado de tu casa y recuerdo que estás un poco lejos. Cuando recuerdo que no subir esos seis pisos producen mi más vaga alegría. Cuando recuerdo que cruzar el pasillo de mi casa, mis pisadas no resonarán secas como en el tuyo. Cuando paso corriendo por ellos porque, después de tanto tiempo, no sé localizar cada interruptor y te encuentro a ti delante, y acabo abrazándote, y, cuando el mismo procedimiento se reexpone cuando los pasillos son los de mi casa.
Te echo de menos en los días, sin más.
Como también lo hago en mis días felices, queriendo socorrer a ti para contagiarte esta felicidad, queriéndote hablar de lo bien que me siento y ver mi sonrisa reflejada en la tuya.
O para echarnos unas cervezas, hablando de cualquier tema aleatorio, que acabes encerrando la infinidad en una sola frase.
Y cuando yo no estoy. Cuando la impotencia me azota la cara innumerables veces hasta sentir rabia por mi ausencia. Porque una llamada o videollamada no tendrá el efecto de compartir nuestra energía. Me odio cuando yo no estoy.
Pero hoy te echo muchísimo de menos. Hoy sintetizo todos mis recuerdos hasta poder formar un recuerdo feliz, al que aferrarme mientras estoy tumbada en la cama de la que tantas veces me has tirado al suelo, o te has tumbado conmigo si oponía bastante resistencia. Hoy te recuerdo en la misma situación en la que resido ahora, pero con la diferencia de tú a mi lado y como mi estado sería bastante cambiado. Hoy no puedo sola.
Porque una llamada puede cambiarlo todo, o simplemente realzarlo todo.
Ha ocurrido por lo que tanto tiempo llevamos luchando: que esto no sea hogar, sino refugio. Bien pues, mis pulmones están encharcados de carencia de oxígeno. Mi cuerpo escondido tras las sábanas que recubren a mi hogar, y, por último, mi mente tratando de encontrar un refugio en nuestro recuerdo exaltado por la escritura, dos veces recordatorio.
Ya queda menos para verte y seguir, y seguir, y seguir siendo.
Te quiero muchísimo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Reflexión

Miro. Miro hacia adentro y a cuanto más me indago, más trato de repelerme. Hay algo que no consigo traspasar, algo que va inherente a cualquier mente irracional que expone el máximo exponente de ésta: mis miedos. Son la primera capa que recubre mi torso, mi mente, mi contorno. Intento entrar en mí, pero no puedo. Me agarra con fuerza, me tapa la visión y no consigo observar tras ese algo que no deja que la luz sea filtrada por mis ojos. No hay colores. Solo hay huecos fijados por grandes focos negros. Pero a veces trato de pintarlo todo, y es ahí cuando me percato de que en realidad solo estoy siendo absorbida por la sombra que emerge de mi más profundo subconsciente. Intento buscar soluciones. No quiero. Ver más allá supone explorar territorio inexplorado. Yo no me conozco. Tengo miedo de hacerlo. ¿Tengo curiosidad?
Entonces, reflexiono sobre lo que me gusta, pero el leve susurro de mi subconsciente viene prolongándose formando eco resonante sobre las paredes que son mi mente, hasta ensordecerme. Procuro percatarme de que me quedan más sentidos, el único que necesito es la vista. 
Me censuro. Censuro a mi órgano sensorial favorito. ¿Por qué?
...no lo necesito.
Mientras tanto sigo avanzando hacia la búsqueda de colores aún no descubiertos, pero me doy cuenta de que no sé ni qué estoy buscando. Y si no sé qué busco, qué quiero encontrar.
Ah, sí, me busco.
Vamos a ponernos un objetivo. Alba, estás en el último curso de bachiller y conservatorio. ¿A qué te quieres dedicar en tu vida?
¿Me gusta lo que creo que me gusta? ¿Estoy engañándome porque quiero ser producto de la sociedad, me veo coaccionada por este grupo? No lo creo. Pero, ¿qué se supone que debo creer? ¿Debo creer a un ser evocado a sus miedos? 
Vale. Te gusta mirar lejos. Te gusta mirar de mucho más cerca. Análisis. Personas. Controlar las situaciones. Escuchar tu entorno.
¿Astronomía? ¿Bioquímica? ¿Psicología? ¿Dirección de Orquesta?
¿Algunas de ellas realmente te gustan?
Intento convencerme de que todas me gustan por igual. Pero sé cuales más me asustan. 
La primera la descarto porque sé que mi mente es finita y jamás podría entender algo tan infinito. 
Al redactar esto se me ocurren varias carreras más pero trato de obviarlas.
En cuanto a la segunda, es genial descubrir que cada persona es un universo conviviendo en múltiples.
Me encanta la psicología, pero mi paciencia es más finita que mi mente.
Y por último llego a la última opción, la que llevo puliendo 10 años pero no de manera directa. Tocar la guitarra durante este tiempo, las asignaturas que acarrea con ella, los múltiples instrumentos que he ido tocando han hecho que la música vaya más allá que a mis oídos, que vaya a mi mente produciéndose un análisis de ella. Sueño con montar el repertorio que yo quiera. Estudiarme las partituras que me hacen estremecer llegando a su estructura interna para todavía percatarme más de que son obras maravillosas. Llevar una orquesta a mis órdenes, trasladar mi sensibilidad sobre sus instrumentos e intentar representar las obras como los respectivos compositores hacen que me sienta. Pero tengo tantísimo miedo que silencio eso. 
Veo más accesible el camino de bioquímica porque se trata de algo más racional (cosa a la que estoy más acostumbrada). Pero lo irracional me da miedo y me repele en última instancia. Tengo miedo de haber olvidado el ritmo más complejo que he aprendido durante años, miedo a que la armonía me falle y ser una inepta. Miedo a perderme leyendo entre tantos pentagramas y no ser capaz de hacer lo que tanto me gustaría hacer. Miedo a no estar a la altura de sobrepasar esa carrera porque diste mucho de mi capacidad. 
Mientras tanto, en bioquímica y psicología no tengo miedo. Me encanta descubrir mundo a través de la bioquímica, pero, no sé ya diferenciar si me trato de convencer de que me gusta este mundo o si realmente me gusta y quiero disfrutar de ello toda la vida.
Pero lo que sí que tengo claro es que lo que más miedo me provoca, es de lo que no dudaría convivir toda mi vida con.
Ahora mismo no quiero, estoy súper asustada.
No quiero elegir todavía, me quedan meses.
No entiendo por qué tengo que elegir y no puedo hacer todo. 
Bueno, sí.
No entiendo por qué me censuro tanto.
Bueno, sí.
Pero a veces no.

lunes, 13 de junio de 2016

Ser, estar

A veces me voy,
aunque no quiera irme.
A veces me quedo,
queriendo marchar.

El caso es que tratando con mi vida, no sé en qué situación se adecua a poder ser conjugada.

sábado, 7 de mayo de 2016

Idílica libertad

El frío me araña, por no decir que ya no siento nada. Las ganas se deshacen como los copos resultantes de una ventisca al impactar contra el duro suelo. 

Bueno, antes al menos pasaba.

Mi cuerpo se acostumbró a estar expuesto a menos temperatura del que le es necesario, el dolor que se le atribuía a esto, era cortante, constante y colapsante: así acabó mi sistema nervioso, deshecho tras sufrir el tambaleo de hallarse en una hipotermia incesante. Hasta que la sufrió. 

Ya no respondía a cualquier tipo de amenaza, todas entraban sin ser canalizadas por ningún mecanismo de defensa. Daba igual. Podían atacar, yo ya me daba por muerta. 

No había frío. No había dolor. ¿Quedaba algo más que ejercer la función de piedra? ¿Estar limitada por la función que ejerce la realidad exterior ante mí, coaccionando mi idílica libertad? 

Tiraban de mí porque todo me parecía correcto, o ni tan siquiera me parecía, eso les daba libertad de hacer lo que querían, pero, ¿y si tenía juicio sobre lo que yo deseaba? ¿y si mi opinión ha sido tantos años pisoteada hasta que el frío me envolvió?

En efecto, me costó años saber que estaba envuelta de capas y capas de dolor e indiferencia para poder liberarme de todas ellas, hasta que exclamé mi primera opinión, dejando ver claramente que era igual de válida que todas. 

Pero de nuevo la libertad me oprimió. Me percaté de que era una mente exprimida en un cuerpo consumido de diecisiete años al que nunca se le enseñó a volar. Porque no habían recursos para hacerlo. Y tampoco conocía muy bien el concepto de libertad, sólo el recurso más típico adolescente de hacer lo que quiera cuando quiera y como pueda, sin dar explicaciones ni justificaciones. 

Será que la libertad no está hecha para la gente que vive a presión, cuyos movimientos te hacen ser consciente de las consecuencias siguientes que van a traer, de las broncas incesantes por no ser lo que los demás pretenden que sea. Porque me han idealizado y quizá su verdad no diste de la realidad. Pero yo soy un desastre, y arrastro conmigo todas las idealizaciones posibles, por consecuente, no soy nada de las idealizaciones propuestas anteriormente. 

Dejadme ser, me conoceréis. Vivo atada a la presión de no realizar nada que desencadene mi propio caos. Vivo sumisa a las constantes decepciones que espero tras ejercer movimiento. Vivo atada a la inexistente libertad que me ofrecen algunas personas, y sólo pido que usen la llave para deshacerme del candado que une a todas mis putas cadenas.

domingo, 24 de abril de 2016

Lléname de color...

El cielo se tornó gris ausentando sus innegables rayos de luz que no han vuelto a teñir ese lienzo. Ese lienzo se volvió unicolor. Ese lienzo es inservible. El pigmento quedó impregnado siendo intolerante de cualquier otra sustancia que no concordara con su gama acromática de color (y, joder, tenía cajas enteras llenas de pintura), siendo así el mismo. Yo, siendo consciente de lo que llegó a ser ese cuadro para mí, en el intento más desesperado de la vuelta a mi zona de confort, arañaba ese cuadro con precaución, siempre para que la capa más superficial quedara exterminada y que de nuevo se viera la interior. Después de tanta cautela, mis uñas quedaron arrancadas. Ni siquiera podía entablar contacto con el cuadro, mis yemas también quedaban llenas de dolor, de quemaduras a causa de la fricción. Colgué el cuadro. Cada maldito instante volvía a mirarlo con la rabia inundando mis ojos, fluyendo por mis mejillas, desembocando en el suelo y desapareciendo, mis esperanzas se esparcían por toda la sala, hasta que sus moléculas estaban tan dispersas que era imposible encontrar la más mínima.

   "Yo o el cuadro..." me susurraba ténuemente mi subconsciente.

Mi cama se convirtió en ese puzzle sin completar, no me quedaban fuerzas, pero me aferré a la almohada, y lloré. Lloré mucho, recitando la promesa que ella misma sabía que iba a refutar cuando el cielo escampara, se lo dije mil veces:

   "Ni una vez más... ni una vez más me van a robar el color."

Pero a la mañana siguiente, el cuadro no estaba. Porque no era la mañana siguiente, era un día cualquiera detrás de muchos anteriores días cualquiera. Y, claro, lo mejor de todo es que al mirar la pared se podía observar que la función del cuadro era tapar ese agujero al que nosotros catalogamos ventana, con sus enormes claras cortinas. Abrir esa ventana y oxigenar la habitación. Y de nuevo se iluminó. Me di cuenta que detrás de esa ventana residían unas vistas preciosas, y que, había alguien pintando un cuadro. Habían colores, no vislumbraba ningún tipo de escala acromática, pero, esa persona estaba muy lejana a mí. Era incapaz de ser la inspiración que volcara en cada cuadro, era incapaz, pero, yo quería serlo. Me quedé observando al habilidoso pintor que trazaba tiernamente esos trazos dibujando amaneceres, atardeceres... cada mañana lo hacía, durante años, hasta que se quedó sin pintura. Desesperado, miraba su último cuadro, encajando su rabia entre sus dedos para finalmente empuñar contra él. Salí inmediatamente de las estúpidas cuatro paredes creadas por mí, dejándolas caer sin pensarlo dos veces, me acerqué, y ni me presenté.

   Quédate con esta pintura. A mí nunca me ha funcionado, sólo espero que contigo funcione.

Y de nuevo dominó su pincel, impregnándolo de tinte, sonriéndome. Sus manos eran capaces de pintar hasta las más densas nubes que yo deseaba que se esfumaran de mi vida, pero, era ese tipo de densidad la que yo quería que embadurnara mi cuerpo, y por primera vez, me percaté de que era igual que yo. No sabía por qué, pero era igual que yo. Observándole cada día desde lejos, contemplándole ahora desde cerca buscaba un lienzo donde despejar sus más acromáticos pensamientos.

   Yo también te he observado. y, lo siento. Mi trabajo se ha prolongado más de lo que esperaba, pero, deseaba buscar una excusa para volverte a observar, esta vez de cerca.

Mi sonrisa contagió a la suya, y, sin recursos de pigmentación, me volví de color, y sé con suma certeza que el color no se exiliará de mí ni aunque mil botes de éste se consuman.

Inmediatamente de esto, me conciencié de que el arte no se crea con pincel, nuestra unión se reforzaba al hilar sus dedos entre los míos, que sus yemas volvían a reconstruir las mías, mis uñas sanaban mientras que se clavaban en su espalda, cuando el caos aparecía deshaciendo el medio puzzle que tenía resuelto en mi cama, que sus besos proporcionaban su mejor obra sobre mi espalda, o al menos me encantaba que él lo confirmara.

Que el color se crea si alguien más lo observa.

Y no quiero que dejes de observar.

martes, 5 de abril de 2016

¿Vacaciones?

No sé que va a salir de esta entrada (como últimamente me pasa) pero hoy francamente me siento fatal.
Hace un par de meses me ocurrió lo que me ocurre ahora, y creo que ya sé por qué. Las breves vacaciones ocupadas en autoestresarme, me mantienen en un estado de constante ansiedad que se presenta manifestándose en forma de mareos y una nube que mantiene a mi mente aislada de cualquier rayo de luz, es decir, completamente oscura, pero más bien lo contrario: tengo la mente en blanco. Mi concentración está disuelta entre mis dudas, entre no saber qué ocurre en mí y tener que admitir que ahora mismo está algo mal en mí. El problema de todo esto, es que el agobio es real, el tiempo se estampa en mi cara recordándome que no puedo ver ya más nada y que es tarde para alzar tu mano para quitarte lo que te atosiga de tu mente.

   Ah, ponte a estudiar y ya está, concéntrate y a estudiar.

   Pero no puedo...

   Déjate de tonterías y empéñate en ello

   [...]

Sé que mi mayor error reside en que, durante el curso me he puesto tantas excusas que al final las he creído, he terminado por dejarlo todo para lo último y, finalmente bloquearme y pasar por ver que no me daba tiempo (e ir tirando por mis sobras), y ahora bien, llegar a vacaciones y tener que hacer todo lo que me he dejado para el final. Mal, fatal.

               1. He subestimado el poder del tiempo.

               2. He considerado que a largo plazo mi concentración y motivación iba a aumentar progresivamente.


               3. He obviado problemas terceros.


He ido alargando esta instancia de pocas ganas de hacer nada como si el tiempo fuera ayudar y no presionándome para que cambiara, como debía de ser, por mi cuenta. Pero ha ocurrido todo lo contrario, todo va gradualmente pero de golpe y el constante dolor de cabeza agrede a mis ideas, inunda a mi autoestima y ya no me veo capaz de encontrarme. 

Es difícil quedarse plantada delante de un libro una hora y esperar a que en la siguiente comience mi inspiración. Los esquemas brillan por ser mediocres y no hay método adoptable. 

Pero cada día intento superarme, pasar esta racha y comenzar con otra. Al fin y al cabo, la vida se divide en rachas y etapas de transición, y creo que me estaciono en una, pero desde luego que hago lo posible para florecer en otra. 



lunes, 14 de marzo de 2016

Anarquía prosaica

Quiero pedir disculpas por haber dejado este blog tanto tiempo al desactivo, pero en mi defensa debo argumentar que no me he sentido tan cómoda escribiendo en mi propio blog. Siento que hasta mi propio blog no es lugar para mí. Así que, no sé cual será la próxima vez que redacte en éste. 
No sé como va a transcurrir esta entrada, ni siquiera tengo nada esquematizado en la cabeza, sólo aglomeraciones sin sentido que desembocan en lamento, y, tristeza. Sé que mañana haré lo posible para disipar, diluir el sentimiento, pero a su vez también sé que las ganas son efímeras y que a veces luchar contra lo innombrable, irreconocible se vuelve complicado. 
Tristeza como componente esencial de la búsqueda a uno mismo, si hay que darle cualquier tipo de enfoque positivo, prefiero que sea este antes que cualquier otro.
Agh, qué difícil es escribir sintiendo que cualquier palabra no tiene resolución y constituyen un cúmulo de disonancias. 
Qué difícil escribir cuando no te sientes a gusto haciéndolo.
La tristeza brinda la oportunidad de ofrecerte resistencia y saber entrenarla, poder hacerte fuerte mentalmente. Yo me he cansado ya de intentar entrenarla, y voy a hacer lo que desde hace mucho tiempo se me ha dado de puta madre hacer: ser una absoluta vaga. 
No apetece buscar sentido cuando el sentido es relativo. 
Acabo de perder el tiempo escribiéndome y leyéndome.
Acabo de perder el tiempo mirando a la pared pensando en lo que soy y todavía no soy.
Acabo de perder el tiempo pensando en lo tanto que hay que hacer y lo poco que hago.
Acabo de perder el tiempo existiendo. 
Y no es triste, es la realidad más absoluta que puedo comentar. 
Bueno, el tiempo... tiempo, ¿abstracción humana que se sostiene por ella misma? ¿convención? ¿es tangible el tiempo? 
Pues eso, que hoy estoy triste, posiblemente también mañana lo esté, pero está bien. Estar triste no está mal. Mal está pensar que por la imposición de la sociedad la felicidad es el camino a seguir.

No sé que acabo de escribir. 

domingo, 24 de enero de 2016

Hoy escribo aquí para hacer spam de mi propio contenido. Estoy muy orgullosa de esta entrada, y me encantaría, queridos lectores, que le dierais cariño y la difundierais lo que podáis.

http://nadandoentredudas.blogspot.com.es/2016/01/erase-una-vez.html