viernes, 21 de abril de 2017

Putrefacción de interiores

Algo,
en mí
se sigue pudriendo por dentro.
No sé si será el recuerdo
o el desbarajuste de jugadas
que llevo perdidas
y tan pocas ganadas...
No sé si será la ausencia
del olor
que tanto apreciaba y que
poco a poco los sentidos
han acostumbrado a no sentir.
Pero ahora huelo.
Huelo a lóbrego.
Huelo al olor del muerto en putrefacción durante hace meses expuesto al sol cuando no debería de estarlo. Huelo a la hedor del muerto que descompuesto el suelo acoge. Y mis manos abrazan al cuerpo para reencarnarlo (¡como tantas veces dijiste que mis manos hacían!), llenarlo en vida. Que las flores mezan a lo que un día yo sólo olía.

Pero,

estoy cansada de clavarlas en tus ojos y que en tu lápida no estés con ellas, nunca me agradeciste la ofrenda.

Nunca me agradeciste emplear mi tiempo en plantarlas con abono derramado por mi propia putrefacción en ese campo donde reina el dolor.

Qué me ibas a agradecer, si la tristeza no es notada por aquellos que no riegan. Qué me ibas a agradecer, si todas mis flores fueron pisadas por el camino que tú misma andabas y jamás conseguiste vislumbrarlas
(siempre por detrás, siempre por detrás)


Qué me vas a agradecer.

Si el único cuerpo al que entierro es el mío, que, cubierto de mis rosas, van clavándose hasta hacer presión para que, el suelo sea inherente a mi piel y lo único que logre ver sea éste.